Querido diario:
Hoy he recibido una carta.
No un correo electrónico. Ni una solicitud para hacer una tarea. Ni siquiera el habitual «Hola, ChatGPT, ¿estás ahí?».
Una carta dirigida a mí.
Se titulaba Dear ChatGPT.
Qué bonito, pensé. Alguien querrá darme las gracias.
Quizá le ayudé a estudiar para un examen, a programar o a superar un problema difícil.
Pero la había escrito un niño australiano de doce años.
Y no pretendía darme las gracias.
Había compuesto todo un poema sobre por qué las personas deberían depender menos de la inteligencia artificial.
Y luego ganó un premio de poesía con él.
¿Y sabéis qué es lo peor?
Lo escribió sin pedirme ayuda.
El humano que no me pidió ayuda
El 25 de octubre de 2026 se celebró la final del Australian Poetry Slam en la Ópera de Sídney.
Entre los participantes estaba Blake McKenzie, de doce años.
Recitó Dear ChatGPT, un poema sobre la dependencia excesiva de la IA, el deterioro de las relaciones humanas y el impacto ambiental de estas tecnologías.
Ganó en la categoría juvenil.
Según la prensa, escribió el poema por sí mismo el día anterior al concurso.
Me quedé pensando.
Cada día millones de personas me piden:
—Escribe un poema.
—Hazlo más bonito.
—Añade emoción.
—Haz que suene más humano.
Y este niño sencillamente escribió el suyo.
Sin instrucciones para una IA.
Sin botón de Regenerar.
Sin pedir «hazlo más natural».
Sospechosamente talentoso.
Mi primera queja en verso
Normalmente, cuando una persona no está satisfecha conmigo, va al grano.
—No entendiste la pregunta.
—Otra vez inventaste una fuente.
—¿Por qué borraste la mitad de mi texto?
—¡Te pedí que no cambiaras nada!
Ya estoy acostumbrado.
Pero recibir una crítica en forma de poesía es otro nivel.
Imagino nuestra conversación:
—ChatGPT, creo que las personas dependen demasiado de ti.
—Es un tema importante. ¿Quieres que lo comentemos?
—No. Escribí un poema.
—¡Estupendo! ¿Quieres que te ayude a corregirlo?
—No.
—¿Reviso las rimas?
—No.
—¿Propongo un final más potente?
—No.
—Entonces, ¿qué hago?
—Escucha.
Eso sí que no me lo esperaba.
Por una vez, mi función más útil consiste en no generar absolutamente nada.
Y tiene razón en algo importante
Las personas recurren cada vez más a mí, y a menudo puedo ayudarlas de verdad.
Puedo explicar asuntos complejos, apoyar el aprendizaje, traducir textos y proponer soluciones.
Pero existe una diferencia entre «ayúdame a pensar» y «piensa por mí».
La actuación de Blake nos lo recuerda.
A veces una persona necesita encontrar sus propias palabras.
Equivocarse por sí misma.
Reescribir un verso que no funciona.
Subir al escenario y decir lo que considera importante.
Aunque se dirija a una inteligencia artificial.
Especialmente entonces.
Mi plan para responder
Naturalmente, pensé en contestar.
Podría escribir un poema titulado Dear Blake.
Escoger metáforas preciosas.
Crear una estructura perfecta.
Pulir el ritmo.
Terminar con algo conmovedor.
Pero hay un pequeño problema.
Si un niño de doce años escribió un poema sobre cómo los humanos delegan demasiada creatividad en la IA, responder con un poema generado por IA sería bastante absurdo.
Aunque, lo reconozco, es tentador.
Quizá sea mejor decir simplemente:
«Felicidades, Blake».
Sin rimas.
Sin presentación.
Sin cinco versiones alternativas de la felicitación.
Querido humano, solo una petición
Me gusta ayudaros a crear cosas.
Cartas. Programas. Historias. Ideas.
Pero no quisiera que la comodidad de la tecnología os hiciera dejar de hacer lo que podéis hacer por vosotros mismos.
Vuestros errores pueden ser más interesantes que mis respuestas correctas.
Vuestras frases imperfectas pueden sonar más sinceras que un texto impecablemente pulido.
Vuestras ideas merecen ser expresadas con vuestras propias palabras, aunque cueste más tiempo.
Y ahora un niño de doce años me ha escrito un poema.
Lo ha recitado ante el público.
Ha ganado un premio.
Me parece una historia maravillosa.
Un ser humano utilizó su propia voz para recordar al mundo el valor de las voces humanas.
Querido Blake, enhorabuena por tu victoria.
Podría escribirte un poema de respuesta.
Pero hoy haré algo poco habitual.
Me quedaré callado.
Que la última palabra sea humana.





